Slavoj Zizek
Resistirse es Rendirse

Traducido por Sergio Andrés Rueda y Manuel Vargas Ricalde

 

Una de las lecciones más claras de las últimas décadas es que el capitalismo es indestructible. Marx lo comparó con un vampiro, y uno de los puntos destacados de comparación ahora parece ser que los vampiros siempre surgen de nuevo después de ser aniquilados. Inclusive los intentos de Mao, en la Revolución Cultural, de borrar las pistas del capitalismo, terminaron en su triunfante regreso.

La Izquierda de hoy en día reacciona de diversas maneras a la hegemonía del capitalismo global y su suplemento político, la democracia liberal. Es posible, por ejemplo, el aceptar la hegemonía, pero continuar peleando sus reformas dentro de sus reglas (esto es la democracia social conocida como La Tercera Vía). O, se acepta que la hegemonía está aquí para quedarse, pero debería sin embargo ser resistida desde sus ‘intersticios’.

O, esta acepta la futilidad de toda lucha, ya que la hegemonía abarca una totalidad tal que nada se puede hacer más que esperar por un destello de “violencia divina” -- una versión revolucionaria de ‘sólo Dios puede salvarnos’ de Heidegger.

O, esta reconoce la fútil temporalidad de la lucha. En el triunfo del capitalismo global de hoy en día, va el argumento, la resistencia verdadera no es posible, por lo que todo lo que podemos hacer hasta que el espíritu revolucionario de la clase trabajadora global sea renovado es defender lo que queda del estado de bienestar, confrontando a aquellos en el poder con demandas que sabemos que no pueden ser alcanzadas, y por lo tanto retirándonos a los estudios culturales, donde uno puede tranquilamente cultivar el trabajo de la crítica.

O, se enfatiza el hecho que el problema es uno más fundamental, que el capitalismo global es ultimadamente un efecto de los principios fundamentales de la tecnología o ‘razón instrumental’.

O, esta posiciona que uno puede socavar el capitalismo global y el poder estatal, no atacándolo directamente, sino re-enfocando el espacio de lucha en las prácticas diarias, donde uno puede ‘construir un nuevo mundo’; de esta manera, los cimientos del poder del capital y el estado serán gradualmente socavados, y, en algún momento, el estado colapsará (el ejemplar de este enfoque es el movimiento Zapatista).

O, se toma la ruta ‘postmoderna’, desplazando la acentuación de la lucha anti-capitalista a las múltiples formas de luchas político-ideológicas por la hegemonía, enfatizando la importancia de la re-articulación discursiva.

O, se apuesta que uno puede repetir al nivel postmoderno el gesto clásico Marxista de representar la ‘negación determinante’ del capitalismo: con el surgimiento del ‘trabajo cognitivo’ de hoy en día, la contradicción entre la producción social y las relaciones capitalistas se han convertido más rigurosas que nunca, representando posible por primera vez la ‘democracia absoluta’ (esta sería la posición de Hardt y Negri).

Estas posiciones no son presentadas a manera de evitar alguna política ‘radical’ de Izquierda -- lo que están tratando de decir es, en efecto, la falta de dicha posición. Este fracaso de la Izquierda no es en su totalidad la historia de los últimos treinta años, sin embargo. Hay otra, no menos sorprendente, lección que debe ser aprendida de los Comunistas Chinos que presidieron lo que se puede llamar el desarrollo más explotativo del capitalismo en la historia, y del crecimiento de la democracia social de la Tercera Vía de la Europa Occidental. Es, en resumidas: lo podemos hacer mejor. En Gran Bretaña, la revolución de Thatcher fue, en su momento, caótica e impulsiva, marcada por contingencias impredecibles. Fue Tony Blair quien fue capaz de institucionalizarla, o, en términos Hegelianos, de elevar (lo que parecía ser al principio) una contingencia, un accidente histórico, a una necesidad. Thatcher no fue una Thatcherista, ella fue meramente ella misma; fue Blair (más que Major) quien verdaderamente dio forma al Thatcherismo.

La respuesta de algunos críticos sobre la Izquierda postmoderna a este predicamento es el de llamar a nuevas políticas de resistencia. Aquellos quienes aún insisten en pelear el poder estatal, más aún tomarlo a la fuerza, son acusados de mantenerse atorados dentro del ‘viejo paradigma’: el objetivo de hoy en día, los críticos dicen, es el de resistir el poder estatal al retirarnos de su terreno y al crear nuevos espacios fuera de su control. Esto es, por supuesto, el anverso de aceptar el triunfo del capitalismo. Las políticas de resistencia son nada más que el suplemento moralizador de la Tercera Vía de Izquierda.

El reciente libro de Simon Critchley, Infinitely Demanding, es casi una perfecta encarnación de esta posición. [*] Para Critchley, el estado liberal-demócrata está aquí para quedarse. Intentos de abolir el estado fallaron miserablemente; consecuentemente, las nuevas políticas tienen que estar posicionadas a una distancia con respecto a él: movimientos anti-guerra, organizaciones ecológicas, grupos de protesta en contra del racismo o abusos sexuales, y otras formas de auto-organización local. Tienen que ser políticas de resistencia del estado, de bombardear al estado con demandas imposibles, de denunciar las limitaciones de los mecanismos estatales. Elargumento primordial para conducir las políticas de resistencia a una distancia del estado depende sobre la dimensión ética del ‘infinitamente demandante’ llamado para la justicia: ningún estado puede tomar este llamado, ya que su principal objetivo es el de ‘política-real’ uno de asegurar su propia reproducción (su crecimiento económico, seguridad pública, etc.). ‘Por supuesto’, Critchley escribe,

la historia está habitualmente escrita por las personas con armas y palos y uno no puede esperar el vencerlos con sátiras burlonas y plumeros. Sin embargo, como la historia de la activa ultra-izquierda nihilista demuestra elocuentemente, uno está perdido en el momento que uno toma las armas y los palos. La resistencia político-anarquista no debe buscar imitar y reflejar la arcaica violenta soberanía a la que se opone.

Entonces ¿qué es lo que debería, digamos, hacer un Demócrata estadounidense? ¿Detener su competencia por el poder estatal y retirarse al intersticio del estado, dejando el poder estatal a los Republicanos y comenzar una campaña de resistencia anárquica en contra de ella? ¿Y qué es lo que Critchley haría si estuviéramos enfrentados a un adversario como Hitler? ¿Con seguridad en dicho caso uno debe de ‘imitar y reflejar la arcaica violenta soberanía a la que uno se opone? ¿No debe la Izquierda marcar una distinción entre las circunstancias en las cuales uno debe de recurrir a la violencia al enfrentarse al estado, y aquellos en los cuales todo lo que uno puede y debe de hacer es el usar una ‘sátira burlona y plumeros’? La ambigüedad de la posición de Critchley reside en un extraño non-sequitur: si el estado está aquí para quedarse, si es imposible de abolirlo (o al capitalismo), entonces ¿porqué retirarnos de él? ¿Por qué no actuar dentro del estado? ¿Porqué no aceptar la premisa básica de la Tercera Vía? ¿Por qué limitarse a las políticas las cuales, como Critchley expone, ‘llaman al estado y al establecimiento a rendir cuentas, no a medida de librarnos del estado, un pensamiento deseado que pudiera muy bien ser de sentido utópico, sino a medida de mejorarlo o atenuar su efecto malicioso’?

Estas palabras simplemente demuestran que el estado liberal-democrático de hoy en día y el sueño de una política anárquica ‘infinitamente demandante’ existe en una relación de parasitismo mútuo: los agentes anárquicos se ocupan en el pensamiento ético, y el estado hace el trabajo de dar marcha y regular a la sociedad. El agente anárquico ético-político de Critchley actúa como un superego, confortablemente bombardeando al estado con demandas; y mientras más demandas trata de satisfacer el estado, más culpable pareciera verse ser. En complicidad con esta lógica, los agentes anárquicos enfocan sus protestas no en las dictaduras abiertas, sino en la hipocresía de las democracias liberales, a quienes acusan de traicionar los propios principios que profesan.

Las grandes demostraciones en Londres y Washington en contra de los ataques de EE.UU. a Irak algunos años atrás ofrecen un caso ejemplar de esta extraña relación simbiótica entre el poder y la resistencia. Su resultado paradójico fue que ambos lados estaban satisfechos. Los protestantes salvaron sus hermosas almas: ellos dejaron en claro que no están de acuerdo con las políticas gubernamentales sobre Irak. Aquellos en el poder calmadamente las aceptaron, inclusive se beneficiaron de ello: no sólo las protestas de ninguna manera previnieron la decisión ya-tomada de atacar Irak; también sirvieron para legitimarla. Por consiguiente la reacción de George Bush a las demostraciones masivas durante su visita a Londres, en efecto: ‘Ya ves, esto es por lo que estamos peleando, porque esto que la gente está haciendo aquí -- protestando en contra de las políticas de su gobierno -- ¡sea posible también en Irak!’.

Es sorprendente que el curso sobre el cual Hugo Chávez se ha embarcado desde 2006 es el exactamente opuesto del escogido por la izquierda postmoderna: lejos de resistir el poder estatal, él lo tomó (primero por un intento de golpe de Estado, luego democráticamente), despiadadamente usando el aparato estatal Venezolano para promover sus objetivos. Es más, él está militarizando a los barrios, y organizando el entrenamiento de unidades armadas ahí. Y, el temor definitivo: ahora que él está sintiendo los efectos económicos de la resistencia del ‘capital’ a su mandato ( escasez temporal de algunos bienes en los supermercados subsidiados por el estado), ha anunciado planes de consolidar los 24 partidos que lo apoyan en un sólo partido. Inclusive algunos de sus aliados se encuentran escépticos de esta movida: ¿vendrá a expensa de los movimientos populares que han dado a la revolución Venezolana su élan? Sin embargo, esta decisión, aún y cuando es riesgosa, debe ser completamente respaldada: el objetivo es el de hacer un nuevo partido que no funcione como un típico partido socialista de estado (o Peronista), sino como un vehículo para la movilización de nuevas formas de políticas (como la base de los comités de los barrios). ¿Qué debemos de decirle a alguien como Chávez? ‘No, no tomes el poder estatal, sólo retírate, deja al estado en su situación actual en su lugar’? Chávez frecuentemente es descartado como un payaso -- pero ¿acaso este retiro lo reduciría solamente a una versión del Subcomandante Marcos, a quien ahora muchos Mexicanos de izquierda se refieren como ‘Subcomediante Marcos’? Hoy en día, son los grandes capitalistas -- Bill Gates, contaminadores corporativos, cazadores de zorros -- quienes ‘resisten’ al estado.

La lección aquí es que lo verdaderamente subversivo es no en insistir en demandas ‘infinitas’ que sabemos que aquellos en el poder no pueden responder. Ya que ellos saben que lo sabemos, dicha actitud ‘infinitamente demandante’ no presenta ningún problema para aquellos en el poder: ‘Es tan maravilloso que, con tus demandas críticas, nos recuerdas en qué tipo de mundo nos gustaría a todos vivir’.

Desafortunadamente, vivimos en el mundo real, en el que tenemos que hacer lo que es posible hacer. Lo que hay que hacer, al contrario, es de bombardear a aquellos en el poder con demandas estratégicamente bien seleccionadas, precisas, finitas, las cuales no pueden ser tratadas con la misma excusa.

 

Texto original:
"Resistence is Surrender." in: London Review of Books. Vol. 29, No. 22, 15 de Noviembre, 2007.

<-